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Signos, de Alejandro Lorente. De la existencia como continuo fluir

Signos, de Alejandro Lorente. De la existencia como continuo fluir

En su Tríptico elemental de España, el cinemista José Val del Omar nos presentó de forma impactante el agua, el fuego y el barro. Sus imágenes hechas celuloide nos trasladan a un mundo ancestral del que a su vez somos deudores como materia que surge, evoluciona, se descompone y transforma. Leyendo Signos resulta inevitable recordar ese mensaje presente en dichas películas. El autor del citado libro de poemas, Alejandro Lorente, es un enamorado del celuloide, pudiendo hacer suyos los versos de la canción de Aute que dice: “Que todo en la vida es cine / y los sueños cine son”. Así nos lo demostró con el libro dedicado a uno de sus cineastas favoritos, titulado Brian de Palma: el mago de la imagen (Loto azul). Ahora regresa con otro libro publicado en el mismo sello aunque bien distinto: el poemario Signos. El séptimo arte seguirá presente, pues conforma uno de los ámbitos predilectos del autor.

Desde Introducción, Luis García Trapiello define el libro “como una colección de versos peculiar” que podría encuadrarse “en la más pura tradición surrealista”. A pesar de que sus imágenes y asociaciones en principio no parezcan “decir nada”, desde una lectura más meditada cuajan en un significado pleno y complejo, asociándose con el sentido de la propia existencia. También Trapiello incide en la construcción del poemario, dividido en cuatro apartados: “Agua”, “Tierra”, “Fuego” y “Aire”, pareciendo cada capítulo “una ruptura con la estructura poética anterior hasta hacerse gaseoso, llegando a poemas más cortos, ligeros y volátiles”. La ilustración de portada de Dori Martín Lázaro parece contener fragmentariamente esos elementos naturales que nos condensan como parte de la naturaleza y que tenemos tan presentes como figuran en este poemario. Esos trozos de naturaleza exterior están presentes por tanto también en nuestro interior, conformando los Signos del título, cuya procedencia teatral —de Grotowski, como veremos— es también cinematográfica, pues hablan de aquellos miedos que anidan subterráneos en nosotros y pueden surgir en cualquier momento, mostrando la animalidad que nos conforma.

Signos se inicia con I. Agua, el bloque más amplio del poemario. Una cita de Sylvia Plath evoca el pensamiento humano contenido en él, preocupado por cuestiones de las que no encontrará respuesta o alivio: “Esta es la luz de la mente, / fría y planetaria”. El primer poema, No me alecciones, supone el recorrido de toda una vida (“ver la momia del pasado”), algunas de cuyas partes —por su lejanía o naturaleza inverosímil— parecen surgir del mundo onírico en lugar de haber tenido lugar en la realidad: “Ese cuento perdido: / un mercado, un sueño, / una pelea o pasar miedo”. Un recuento que lleva al protagonista a ser consciente de que no era el centro —como cree en su juventud altiva—, sino solo un eslabón o “parte de cadena” de un sistema formado por innumerables. El fluir del agua recuerda a “los amplios diálogos / que recogen diversas generaciones”, si bien conduce más “emociones” que “palabras”. Así, “la difícil simplicidad de la vida” discurre acuáticamente o “corre como el arte, / como las fotos, como un poema, / con diálogos entrecortados / y editados en diferentes tiempos, / procedentes de distintas épocas”. Una lúcida equiparación de nuestro cerebro con la sala de montaje donde se ejecuta la postproducción de un film, que en Y sigue las aguas precede a nuevos versos recuperando esa “metamorfización o trituración / del ego”, si bien “nunca desaparece del todo / en nuestro mundo interno” a imagen del plástico. Como parte de esos “cuerpos que son y desaparecerán” se es “heredero / de paso” de ese espacio que contiene “ondas de tierra, fuego, aire / y agua”. Madurar supone alojar un “niño interior engrandecido” que “no deja crecer al hombre”, como ese globo que, igual que en Le Ballon rouge, “anda volátil / persiguiendo palomos y perros”. Que aún aprenderás retoma la idea de pasar “parte” o “fragmentos” de la vida, “como aquel libro / sobre el que los ojos sobrevolaban / las letras sin entender del todo, / como un vagabundo”. El presente será lo único que valga, siendo el resto “ficciones de la mente para ver / allá, acá”. Los padres, “contenedores y semilla”, transmitirán “sabiduría relativa” aún sabiendo lo que fue ser joven, con su “intemperie” y “decisiones desnudas”. Los hijos que carezcan de esa guía se sentirán “libres pero vulnerables”. Aunque sigas vulnerable con tus máscaras demuestra el carácter tramposo de la memoria que “cambia realidades”, si bien algo de culpa es de quien recuerda al querer “ver lo que no existió”. Parte de esa invención busca evadir el dolor de la rememoración, siendo parte de la vida los errores: “nadie nos enseñó a seleccionar / personas, calcular la inversión / y equivocarse”.

De nuevo, surge el cine para equipararse con esa contemplación del futuro desde la juventud, “fuera de foco y quemado de luz, / sobreexpuesto, amplio y laberíntico”. El sentido de la vida podría definirse como venir del “limbo” para “volver a él, oscuro”, es decir: “Toda la vida por delante / y retornar al lugar del que / nadie sabe nada / y que se ve negro al final”. El séptimo arte surge como apoyo para comprender la realidad: “No podemos estar aquí / todos, no cabemos, […] / ni la actriz de cine mudo / o el pulcro cineasta”. Que el cine sigue, sin ser todo él registrado nos recuerda que “todos estamos necesitados / de compañía, diálogo, porque / ¡no sabemos nada de los muertos!, / ya no vuelven a contarnos cosas, / a no ser que sean interpretadas / por nuestra propia filmación. Avanzando en el contenido posterior del poema, comprendemos que estos versos refieren al personaje asesinado de Blow Up, con cuyo crimen se obsesiona el protagonista del film de Antonioni. También pertenecerán a este film los mimos que, sin ser mencionados, figuran en el poema (“la ficción es una partida de tenis / jugada con una bola invisible”), así como el tema de los silencios en las relaciones humanas, tan presentes en la filmografía del cineasta italiano: “solo el cincuenta por ciento de la comunicación es —en esencia— / válido. Estar puede ser / la clave del verdadero diálogo”. Aunque hay un tronco central / y acciones secundarias trae nuevamente la idea de “semilla” como elemento central dada su importancia, contrarrestando con aquellas “acciones accesorias” o que aparentemente lo son —como los sueños— que, pasando “en fundido encadenado”, pueden dar “con el camino”. “Anécdotas” o “escenografía para la conexión / con el mundo”. Reaparecen los muertos en el deseo del poeta de convocar a “todos / los seres queridos en una reunión, / sin palabras o hablando”. Antonioni resurge también, cineasta admirado por el autor, cuyo film aludido —no por casualidad— sirvió de inspiración para su otro director predilecto —De Palma— en Blow Out.

El sinsentido de nuestro paso por la tierra lo explican “los textos”, siendo “más importantes / que los autores”, pues son “textos herederos / de otros textos”. Así, llega la pregunta: “¿tiene algún sentido el sustento para / perpetuarse?” Dar antes de morir siempre vida a alguien que a su vez también engendrará a otro ser previamente a dejar de vivir. Nuestra memoria convertida en “bolsa de recuerdos” nunca será la misma que la de los demás. El agua de la remembranza fluirá al antojo de quien rememore, ignorando “ramillas y hojas” para pasar “recta / (clara o sucia) olvidando, / adaptándose al nuevo cauce, / a sus nuevas direcciones, / cascadas, sentidos”. Con agujeros y tapadillos, vendajes se refiere a cómo las insatisfacciones se exorcizan “en una crítica a otro”, dejando “el recuerdo limpio” y “la calle limpia como un cristal”. Sin embargo, esa “bruma” incierta del futuro (“lo que nadie sabe / de ninguna edad, / la puerta / a otro lugar”) es incógnita, como “agua de río al cielo”. A ver… vuelve a representar a la vida como “sueños, / un ir y venir durmiendo” frente a la parte oscura de las cosas: “¡O quieres que vea la cara / de la muerte, / la mezquindad, el muro, / golpe o rechazo!” Es mejor ceder los espacios a quienes “nos amaron, / los que atraparon su energía / dejando estela, la vida”. Es preciso “bucear” entre la “desinformación” que inunda el mundo para “encontrar, con esfuerzo, / fragmentos de la realidad”, traspasando la “máscara” engañosa para llegar a los “ojos / que no saben mentir”. Ello será resultado de “la atmósfera telúrica” que dan los años, que para un humano “no es sino una pequeña / porción / en el tiempo del agua, / de la corriente del aire”. En El labio dormido se produce un Flashback cinematográfico que divide el poema y presenta las cosas importantes simbolizadas en elementos naturales (“el vaho, la escena real, / alegrías paralelas, eso, / el ritmo, el río, las corrientes circulares”) tal y “como debe ser” cuando no vence el adormecimiento. Ese petardazo en el cerebelo celebra el poder “fundirse” con los “otros” hasta ser “ellos”, como los personajes fotografiados por Francesca Woodman se mimetizan “en el bosque, en las paredes”. El “enemigo más grande” está en “uno mismo”, en esas “viscosidades, barros / de años”. Desde esa dualidad, hay que nadar hasta alcanzar “el líquido claro”.

Y toda tu danza nos habla de ese “patio del colegio” como ensayo de lo que vendrá después: los niños jugando a ser adultos en un “teatro doble del futuro, / donde se cocía el hervido de los fallos sociales”. Se era más libre en la forma de ser, “sin chasis ni carrocerías, al natural”. Esos niños que iban “bajando al río, con las calas, a ver la corriente rizada / moviéndose” ya no existen, solo en la “memoria”, como “los sentimientos de amistad / ya desaparecidos” que “vuelven, como / una mosca que se espanta, al corazón”. Ese río de la infancia sigue fluyendo a veces turbio, hasta que el “líquido claro” […] casi siempre más veraz” y menos dañino” limpia de impurezas, dirigiéndose Hasta el enorme mar. Pasan los años sin ser vistos y, en ese avanzar, solo importan “las personas suaves / que proporcionan el andar aéreo” (Que engulle sentidos y colores). En ocasiones, sorprenderse En un chorro colosal puede suponer “bofetones certeros / que hemos de recibir por justicia / poética”. Los escenarios van cambiando hasta encontrar a “personas más jóvenes” ocupando “las tablas” del escenario de la vida, cambiándose “las reglas del juego, el tablero”. Y un teatro vivo contiene una crítica a la juventud actual, “generación con chorro / trivializante, […] / bañistas planos, sabiendo / que… que no hay nada plano / en un río”.

Con el final del arroyo vital, ese manriqueño dar a la mar que es el morir, se nos dice: “No hay un allí cuando llegas allí”. Por contra, en Que oscila y vuelve a danzar, el poeta se pregunta: “¿Por qué el mar era muerte? / me baño en la orilla y / ¡es vida, respiración, olas!” En Dulce se produce una corriente de pensamiento, un flujo continuo donde se habla de “varias muertes antes de la muerte”, así: “Ríos de la mente, / canales fecales / y, aun peor, detergentes o químicos / bloqueando el libre pensamiento”. Solo la mente puede parar la vida en Sin control, pues “el fluir es / imparable”. Cabe por tanto eliminar los controles racionales y dejarse gozar. Hay un travelling vital en Todo eso: “Un a través de otros autores, / girar, ver el mundo, crear / sobre la creación, sobre el río / hecho, ¿quién creó el primer cauce?” Y aún así, el ser humano se empeña en “deformar lo que la naturaleza / dio como senda, como esencia”. El fluir y el obstáculo, describe los momentos más sencillos y sensatos “de / estar en el estar, el momento”, sin querer pasar al siguiente. Se temen los obstáculos (“caer malo, entonces, amar la vida, / querer estar sano, sano y salvo”). También los temores pueden ser miedos infundados (“creaciones de tu mente para autoflagelarse”). Cierra el bloque Lo negro, lo rojo y lo claro, donde la palabra discurre enumerando sensaciones hermosas que dan sentido a la vida.

Y del agua al segundo bloque del libro, II. Tierra, ilustrado por unos versos de Luis Cernuda que contraponen lo vaporoso a lo sólido, como quien tiene los pies en el cielo. El título Moho toma una de las palabras de Cernuda (“vivir como acero mohoso, / sin puño, tirado en las nubes”) para mentar al “barro” que lo produce y necesitamos para perdemos “por el aire” cuando no ponemos “los pies en la tierra”. Precisamos de “seguridades a toda costa, / incluso, al precio de errar”. Pero lo pesado puede ser también nocivo. Es doble ahora habla de la necesidad de asentar con firmeza determinados valores (“seguridad / benévola, cama, enseñanza / universal / y ampliamente válida sin tiranía / o adoctrinamiento forzado, lógica / amable, / lógica ligada a la vida, / al amor y a la transparencia”) en “tierra buena, / arena fina, / base sólida”. Metal en el aire menciona la otra cara de las cosas, como la “envidia” o el “odio —tan de tierra—”. Subterráneo menciona esa vida escondida en una cueva —la tierra como protección— “por miedo […] a los vientos de la intemperie”. El poeta nombra a Escocia y Massachussets como lugares de los que le “costó volver” porque “la tierra se pegó a los pies”.

Adhesivo recuerda nuevamente la “dualidad” de los “opuestos” o las “variantes del bien”, haciendo posible lo que aparentemente no lo es: cómo “lo que supuestamente da vida” —el “agua”—, es capaz de aniquilar “lo aparentemente más potente” —la roca—. También ese agua deja “sin fertilidad” al que “calienta los alimentos” —el “fuego”—. Igualmente el “aire” puede “echarte / arena en los ojos, arrancar vida, / despellejar árboles y limar / también la roca”. Pegado en el aire muestra al individuo como “nebulosa”, ajeno a los demás por diferencias en la forma de ser. Sin forcejeos equipara a los huesos con las “rocas”, las cuales “habitarán” la tierra”, siendo ésta “fértil” y a la vez “dura”, que impida conectar con el exterior, obstruyendo todo “canal”. Para evitar la malinterpretación del contexto provocado por los muros que construyen los humanos para protegerse, hay que poseer el “don telúrico” del “equilibrio”, la “sabiduría atmosférica”. Conviene que esa pared sea más bien “espejo” donde conocerse a uno mismo y poder seguir el camino. Captar el sol desde la zanja de la tierra, florear como naturaleza. Astronauta en tierra describe la supervivencia de quien aspirando al aire debe conformarse con vivir en la zanja.

III. Fuego se preludia con una cita de Brian Patten, que recalca la importancia de aquello que hace desaparecer el elemento protagonista de esta parte del libro. Nada menos que toda una vida, como cuenta el poema Como aire se irán, donde el propio pasado de quien escribe se mezcla con otros personajes más o menos conocidos. Hay también purificación, desembarazarse de lo accesorio hasta quedarse con “lo que tiene valor”. En Llamaradas perdidas se describe al fuego en su naturaleza y personalidad: “Te inventaron para odiar y / luego querer —por el frío, por / la nieve que genera el agua, / la que te ahoga, la que disuelves—, / generas también amor al lado / de la hoguera, evitando / sensaciones de frío”. Flashes de alumbramiento establece una analogía entre lo iluminador del fuego y la luz que inspira a la razón. Sigue en esta línea Estos excesos…, donde el sentido común desecha el “rencor” optando por la “vida”, escribiendo “los versos más alegres” y “fogosos esta noche” —emulando a Neruda—, también los más “terráqueos”, “telúricos”, “aéreos” o “acuosos”. Inspiran los “espíritus” de quienes “estuvieron” y con su “empatía / y emoción” permanecen. Lo que importa es ese presente que “labrar” para “cosechar futuro”. El fuego es “la luz / nueva, la iluminación, tabula rasa”, que “quemó todo para nacer” y, con ello, “ardimos”. El fuego también iguala en El mono sin pelo, a pesar de que la idea que puede tener alguien de otro no es la misma que la formada por otra persona sobre el mismo ser. ¡Vamos, vamos! trata del fuego hecho fogosidad sensual. También de la necesidad de arder de nuevo una y otra vez “camino de la / perfección”. La llama puede también verse como naturaleza original a la que igualmente se aspira. Con ardor refleja la capacidad de iluminar de otras personas con “luz interior” que conlleva “ansia / de servir, de ser, de existir / aquí, con los otros, el / amor a la gente”. También determinados textos históricos pueden continuar iluminando con su “verdad”. En Hacia el pinar se reconoce la “deuda” o “aprecio debido” a quienes nos quisieron. Con paso quedo equilibra la amistad segura que no hace “temer” al “frío” de la “soledad”. Evitando grisuras muestra el paso de un cuerpo de la “tierra” al “aire” a través del “fuego” tras “tantos baños de agua”. Íbamos dirigidos rememora la lucha generacional de la que el poeta tomó parte, “rompiendo el / viento, dificultades y / muros”. También su parte oscura: “Y lo que / también logramos […] / es magullarnos, hundirnos las uñas los unos / a los otros, clavarnos navajas, / hacernos sangre y daño”. Queda como recuerdo el “amor” y la “cicatriz”. Hacia la totalidad lo protagoniza el pensamiento siempre discurriendo: la / cabeza dando círculos con sus / cosas, cuando el fondo de todo / verso es morir y el amor, / las pasiones mayúsculas”. Todo eso y “el sendero” en el que se sigue. Lo que es… la vida se explica recordando el verso de Jaime Gil de Biedma: “…que es cuando en serio / ves, ves que amaste / y perdiste a tus seres / (finalmente, sí, amados)”. Se escribe viviendo “en falso” y por “miedo a perderse, / a perder la mente, los / recuerdos, perder a nuestros / seres queridos”, la “esencia”. Somos uno describe a la humanidad ideal danzando “al calor del amor, / la sintonía, una música / de fuego, aromática” que une desde el querer y devuelve “a lo primitivo, la / animalidad sana, / a nuestra naturaleza / de llamas”.

  1. Aire lo acompaña una cita de Claudio Rodríguez, que habla de un aire que se respira y no es sano pero no importa, pues el poeta no vino a curarse de nada. Las cañas rotas remite a los poemas que vuelven “porque” sobreviven a la “tinta” dada su sabiduría, siendo dichos por voces de “ancestros”, de “más allá”. Recuerda el poeta espacios que ya no existen y que conoció en el pasado, advirtiendo: “¡Que de un aire te vas, / te puedes ir, / dejar vaho de recuerdo!” El viento puede hacer olvidar el fuego al ser capaz de mover “las nubes” y cambiar “totalmente / la luz” y “el ánimo”. El aire es importante porque, sin él, todo se adensa y no puede ser posible la libertad. La frescura la traen los recuerdos que se hacen presente y pueden dar la vida (Estar y el recuerdo). También las “saludes” son capaces de recorrer los cuerpos como viento por las venas (Aire y sangre). Justo lo opuesto a las Densidades, causantes de una “personalidad granítica”. Hasta los Vacíos “están rellenos de aire”, por lo que se hacen necesarios también los huecos, la “nada” y el “silencio” (Al fuego). Todo ello tiene que ver con la meditación (El ruido y el viento), una filosofía unida al pensamiento oriental, que acude como salvavidas. Ayuda “ver lo hecho” y ser “simplemente […] feliz”, dejando de lado el futuro agobiante. Andar “sin el fuego, sin la higuera de / las tareas del mañana” (Y ser). El Niño y el adulto pueden y deben convivir en un mismo cuerpo, siendo “el mismo fuego con distinto / aire”. El “proceso” es “más interesante que / el final”, del mismo modo que el “aire” es más importante que “la huella en tierra” (Ir con el viento). La tierra puede ser sólida para “sujetarse / y dar el salto al futuro”, pero también resultar resbaladiza y hacernos “perder el paso” (En tu interior). El cúmulo de traumas o paranoias —creaciones, “como hemos visto en el cine”—, puede aflorar en el momento menos pensado: “Todo el mapa / de nuestro miedo / aflora en reacciones / inconexas, las que / Grotowski calificaría / como verdaderas, signos / (el comentario del ascensor)”, como se afirma en La losa y el comentario del ascensor —poema que, como comprobamos, da título al poemario—. Hay que dejar atrás ese miedo que “densifica” la “película de tu mente”, volviendo a ser necesario el “aire, una “corriente” que se lo lleve y poder ver la “realidad, que es nada, es / nítida y única: el amor, / el fluir, el fluir”. Hay también versos anhelados que podrían haber sido escritos evitando “el rencor, la maledicencia / propia y ajena, el dolor, / los recelos y en suma: ¡el miedo!” (Tendría). Sin todo ello se “observaría la / quietud y el gozo, el / verdadero amor y la / empatía, el fluir de / los sucesos armónicos” (Entonces me mecería mejor). Otras cuestiones no podrán evitarse, como la marcha de los seres queridos llevados por un “viento” (El soplo). También hay otro tipo de aire que podemos provocar con nuestra actitud (“viento procedente / de tus pinos”), trastocándolo todo (La foto). Y un Desaire se lleva hasta “las letras”.

Pero el poemario “no termina […] con el aire que se lleva el verso, / la vida”. Todo “continuará” —hasta el viento— y aunque no estemos ya nosotros sí perdurará “el soplo […] / de las cosas, […], / el cosmos, la hoja, / el río ondulado” y todo aquello que ha hecho hermoso este libro, porque forma parte de la vida. He ahí la grandeza de Signos.