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Reseña de "Gadir", de Jorge Camacho

  • Fecha:02-01-2026

Por Mar Pérez Morillo

Dice el autor que ojalá pudiese echar al mar de menos… al mar… así, personalizado, como una especie de compañero.

Imagino que leer Gadir cuando se es de Cádiz y una se siente tanto de Cádiz debe de ser muy diferente que para cualquier otro.

El mar de Cádiz, la arena, la luz, el aire, el viento… envuelven de tal forma que te transportan a un tiempo intemporal. Y esa sensación envolvente e intemporal la ha captado y la transmite en este poemario Jorge Camacho.

El libro se estructura en tres partes: los dos primeros bloques corresponden a poemas escritos sobre Cádiz y separados por una década (2012-2022) y un tercer bloque lo forman otros poemas sobre el mar, digamos atópicos (en tanto que de lugar indeterminado) y escritos en otros momentos. No estoy muy de acuerdo con esta división, porque este tercer bloque parece no tener mucho que ver con el resto del poemario. Y es verdad que todo lo atraviesa ese eje que es el mar, pero Gadir son los dos primeros bloques, del que este tercero sería una especie de apéndice.

Y decir Gadir es decir mar. El mar es el protagonista, ese mar de Cádiz que te lleva a un tiempo y un lugar indefinible, ilocalizable. Un mar inaprehensible, inconmensurable: “No es fácil escribir en prosa, en verso / del mar, querer cifrarlo en adjetivos, / quererlo definir. Es tan extenso…”; una negrura envolvente a la que da luz un pez abisal. Y diez años después, la misma negrura: “El mar, cuando anochece, / se vuelve todo negro, / de un negro mate, opaco, / inabarcable, espeso.” (2022, 3) Ese abismo que es el inmenso mar de Cádiz cuando anochece.

Esta intemporalidad que marca el mar hace que el autor quiera retrotraerse a la vida de hace un millón de años encerrada en una piedra ostionera (Mil impresiones del mar, 1) o evocar una máquina del tiempo que nos lleva desde el pasado fenicio a un futuro de androides (Cádiz, 5). “En la isla / qué fácil / ser arcaico / sin querer” (Cádiz, 6)

Junto a escenas en la Torre Tavira o en un bar con húngaros o paseando por sus calles, lo sustancial, lo nuclear del poemario son para mí las imágenes recogidas en los poemas más breves. Casi no son ni ideas, son imágenes potentes, como las olas que “dibujan en la arena / redondeles de algodón / o de piel de pantera.” (Mil impresiones del mar, 11); o evocación de sensaciones, como las caricias de la arena y el agua en los pies, suave, fría, húmeda, de un color blanquisucio por la espuma (Ibid., 10).

Es un mar vacío y a la vez pleno, silencioso, sin alma y sin sueños (Mil impresiones del mar, 4), que borra todo, que “desvanece las huellas” (Ibid., 6) o “las difumina a besos” (Ibid., 9).

Es además el mar, como decía al principio, un compañero, amigo o amante, con el que el poeta se cita, cuya compañía sale a buscar (Ibid., 12 y Cádiz, 8).

Se cierra el primer ciclo, el de 2012, con un tsunami que paradójicamente aleja al poeta del mar. ¿Quería poder echar de menos el mar? Pues hay nostalgia en este cierre.

Cuando después de diez años, el poeta vuelve a Cádiz, se produce ese reencuentro, en el que se pierde de nuevo. Se reabre esa relación. Y cuando llega el momento de volverse a marchar, siente que ya es un poco de Cádiz, que debe “desgaditarse”.

Hablando de esperanto, no puedo juzgar los poemas en esta lengua, porque no la conozco, pero sé del proceso poético del autor, de que su inspiración para cada poema la tiene indistintamente en español o esperanto (a veces en los dos idiomas a la vez). Son casos de escritura bilingüe en paralelo, en cuyo proceso el poema se desprende de todo aquello que no funciona en las dos lenguas. Como el propio autor explica en la contracubierta del libro, los de 2012 los escribió primero en esperanto y los de 2022 más bien en castellano, aunque alguno en paralelo en ambos idiomas. Es muy impresionante y muy revelador del amor por el lenguaje de este poeta.

Y vuelvo a los poemas que entiendo y puedo leer, los escritos en español. En el tercer bloque, que como digo se añade de una manera quizá un poco forzada a los dos primeros, se repiten algunas de las ideas nucleares a las que ya me he referido. Destaco Aguas… un ejercicio de concisión con unos rasgos formales muy marcados (no sé si muy buscados o no): tres estrofas, de tres versos cada una, con una palabra en cada verso nada más. Tres sustantivos para empezar (“aguas / arenas / vientos”), tres verbos (“apagan / avivan / cubren”) y otros tres sustantivos (“fuegos / rasgos / deseos”). Y en las estrofas segunda y tercera todas las palabras tienen seis letras. El resultado es de mucha potencia rítmica y conceptual.

Esta simbiosis con el mar, que te envuelve, que te acoge, que te acompaña como alguien cercano, que borra y a la vez llena todo es lo que transmiten estos poemas.

Casi al final, la inmensidad del mar de nuevo, la intemporalidad, “La vida es una gota / desprendida / suspendida en el tiempo y en el aire / antes de disolverse en el océano.” (Gotas)

Si el lector conoce Cádiz, cuando lea Gadir, coincidirá con la visión del poeta y muchas de sus sensaciones. Si no lo conoce, querrá ir, dejarse envolver por ese mar inmenso e intemporal. Y cuando vuelva a leer estos poemas, revivirá el mar de Cádiz y lo echará de menos. Como yo. Gracias, Jorge.