«Desorden», o cómo reírse del falso control de la vida cotidiana: Así es el nuevo libro de estos dos autores alicantinos
Juan Ángel Castaño López y Vicente Fernández Aracil, dos voces alicantinas, firman este conjunto de relatos marcado por el humor y el absurdo, que transita entre el costumbrismo y lo disparatado

En un tiempo obsesionado con la productividad, los calendarios compartidos y las rutinas convertidas en dogma, «Desorden» llega como una advertencia amable y, al mismo tiempo, como un espejo incómodo. El libro, firmado por los autores alicantinos Juan Ángel Castaño López y Vicente Fernández Aracil, reúne una colección de relatos que desmonta, con humor fino y una notable carga literaria, la ilusión de control con la que solemos organizarnos la vida.
La obra nace sin grandes planes ni estrategias. Los autores se conocen desde hace más de treinta años; tantos que, como recuerda Vicente Fernández Aracil, «Juan Ángel ya no se acuerda y parece mentira, pero el mundo era distinto». Ambos acumulaban relatos escritos en momentos diferentes, con estilos propios pero con afinidades claras: la brevedad, el falso costumbrismo y una atención especial a personajes obsesivos, aparentemente funcionales. Bastó una conversación para entender que aquellas piezas dispersas podían convivir en un mismo volumen. El desorden, paradójicamente, ya estaba ahí.
El desorden como norma
El título no engaña. «Desorden» no solo nombra el libro, sino que actúa como su columna vertebral conceptual. Para Castaño y Fernández Aracil, el exceso de normas, limpieza y organización no es signo de equilibrio, sino todo lo contrario. «De hecho, el orden es efímero y el desorden es eterno, y eso nos supera y nos irrita», se afirma en uno de los relatos. Las rutinas, añaden, «nos hacen rutinarios, gruñones, miedosos, maniáticos y criticones». Lo que solemos llamar orden doméstico es tan frágil que «precede siempre a un nuevo desorden».
Esa obsesión se encarna en personajes que se defienden con lógica privada y convicción absoluta: «¿Maniático? No, organizado. Igual sé que solo como pescado un jueves o un viernes y que el día bonito de la semana, que es cuando como tortilla de patatas, es casi siempre un martes y desde luego nunca un lunes». El humor nace precisamente ahí, en la frontera entre la razón íntima y el absurdo compartido.

De lo cotidiano al absurdo
Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para transitar con naturalidad entre lo reconocible y lo absurdo. Aparecen cenas familiares regidas por normas inquebrantables, romances sometidos a una puntualidad casi kantiana y situaciones que se presentan con total normalidad, como ese saludo que marca el tono de un relato: «Hola, soy Yoli, tu nueva profesora de puntualidad».
Hay también retratos memorables, construidos con una prosa precisa y cargada de ironía: «Mi padre siempre ha sido elegante y equilibrado como un soneto, misterioso y callado como un gato, disciplinado como un bailarín y austero como un cartujo». O diálogos mínimos que se deslizan hacia lo disparatado:
— «¿Sabes por qué como zanahoria pero no como vaca?»
— «Porque las zanahorias gritan menos que las vacas».
No se trata de buscar un equilibrio entre lo cotidiano y lo disparatado, sino de normalizar el disparate. Porque lo absurdo no es una excepción: forma parte de la familia, del trabajo y de los recuerdos que arrastramos sin cuestionar.
El lector se reconoce en estas situaciones con una mezcla de risa y desasosiego. Historias como la de Pep, que acudió a una fiesta de disfraces «disfrazado de Goya, con lo cual se hacía el sordo siempre que le convenía», condensan ese humor que parece ligero, pero que esconde una mirada crítica y lúcida. No hay caricatura cruel ni burla fácil. Los personajes pueden ser raros, pero siempre están cargados de buenas intenciones.
El humor es, de hecho, una de las grandes apuestas del libro. No como adorno, sino como forma de conocimiento. Reírse de las manías propias y ajenas es, aquí, una expresión de humanismo.
Proceso creativo
Aunque muchos relatos parecen autobiográficos, los autores insisten en que todo es ficción. «Son historias que parecen costumbristas e incluso autobiográficas, pero que evolucionan hacia lo absurdo y bordean el surrealismo (…)». Esa cercanía explica que «te puedas reconocer en muchas cosas y seguro que te recuerdan algo o a alguien».
El libro se construyó reuniendo relatos escritos en épocas distintas. Aun así, el consenso fue total. Las diferencias entre los autores no se disimulan, se aprovechan. De hecho, es Vicente Fernández Aracil quien afirma que «las historias de Juan Ángel son, simplemente, brillantes. Únicas (…)», mientras se permite una confesión medida: «En lo que a mí respecta, uno de mis relatos es casi casi autobiográfico. No te equivoques, solo uno y solo casi».
«Desorden» está pensado para lectores exigentes, pero también para quienes buscan relatos ágiles, que se lean rápido y dejen poso. Es un libro para releer, regalar y reconocerse. Porque, al final, el verdadero orden que nos gobierna no es más que un fascinante y persistente desorden.