Joaquín Rosado
Ya desde sus primeros años académicos, los religiosos de la Orden de los Dominicos se mostraron admirados por el chico. Sus padres, algo preocupados.-¿Por qué no juegas en la calle, Joaquinillo?, hace un día espléndido -le sugerían al contemplar su tez lechosa. -Que no -contestaba disgustado el zagal-, os repito que aún tengo que rematar este ensayo sobre la diócesis en el siglo XIV que me han impuesto los curitas. Pero lo más insólito del asunto no era que un niño de siete años escribiera a la luz del candil -con pluma de ganso y tintero, plasmando con exquisita caligrafía reflexiones que le eran del todo ajenas-, sino que el chico no estudiaba en un colegio de curas. ¿Quién era entonces esa gente que no le dejaba jugar a la nintendo y por qué lo usaban de «negro literario»? Treinta y siete años después, Joaquín utiliza un procesador de textos, pero esos curas que solo él parece ver le siguen poniendo tareítas la mar de fastidiosas. ¡Menuda cruz! Joaquín estudió Bellas Artes y Producción Editorial. Esta es su tercera obra tras Adolfo y sus monstruos y El código del ciempiés, del que es guionista.